Halloween, retazos de un paganismo olvidado

JUANMA GALLEGO  MIÉRCOLES 23.10.2013
Es la fiesta del miedo, aunque no lo fue en origen. Fantasmas, vampiros y monstruos de todo tipo invaden las calles y, cada vez más, los escaparates de tiendas y centros comerciales. Pero, al contrario de lo que pudiera parecer, la noche de Halloween tiene su origen en antiguas tradiciones.

Sus raíces se remontan a Irlanda. Llevada a los Estados Unidos por emigrantes de esta isla europea, Hollywood y la globalización la han convertido en una fiesta universal. Por eso, y bajo la consabida pregunta de “truco o trato”, los niños de los Estados Unidos y de cada vez más países del mundo visitan las casas de la vecindad en busca de golosinas y regalos.

No se trata de un invento de Hollywood, pese a que esta idea se repite como un mantra. Su origen irlandés tiene raíces aún más profundas, basadas en distintos elementos de la tradición celta, romana y cristiana.

El 1 de noviembre era el primer día del año celta. El verano y la época de las cosechas quedaban atrás y comenzaban las largas y frías noches propias del otoño y del invierno. Es entonces cuando los celtas celebraban la fiesta del Samhain. Según sus creencias, durante esa noche en concreto la frontera entre los vivos y los espíritus de los fallecidos era especialmente laxa. Por eso era la noche en la que era más fácil que los espíritus de los muertos se encontraran con los vivos. Pese a que algunos de ellos podían ser terribles, otros muchos eran las almas de amigos y familiares, y para ellos se dejaba comida y vino en las puertas de cada casa. También se iluminaban con velas los caminos para facilitar que los difuntos retornaran a su mundo.

Pero no todo eran amigos. También almas menos amistosas tenían la posibilidad de hacer una incursión en el mundo de los vivos. Como, por ejemplo, los enemigos muertos en el campo batalla. Evidentemente, estos visitantes no eran bien recibidos, y por eso los pueblos celtas tenían que protegerse las espaldas. A su vez, los druidas aprovechaban estas “visitas” tan valiosas para hacer predicciones sobre el futuro, con la esperanza de que estos augurios fueran útiles a la hora de enfrentarse al invierno que se aproximaba irremediablemente.

Tras la conquista romana, los pueblos célticos que habitaban las islas británicas y el norte de la Galia experimentaron grandes cambios en sus sociedades. La romanización provocó una mezcla entre las tradiciones llevadas por los conquistadores y el sustrato de la tradición indígena. De este modo, la tradición romana de la Feralia, una fiesta de homenaje a los muertos, se mezcló con la fiesta celta del Samahin.

Renacimiento en el Nuevo Mundo

Estos cambios, sin embargo, fueron aún más patentes con la llegada del cristianismo. Al igual que hizo con muchas otras tradiciones fuertemente arraigadas en el sustrato popular, la Iglesia cristianizó el Samahin. Para institucionalizar esta conversión, en el siglo IX el papa Bonifacio IV instauró el día de todos los santos como jornada para recordar a todos aquellos que habían fallecido en santidad. A partir de ese momento, y hasta nuestros días, el 1 de noviembre se ha convertido en el día principal para recordar a los muertos. Visitas a cementerios y ofrendas son los ritos principales, unas costumbres que nos recuerdan lo cercano que están los orígenes celtas de la festividad.

La noche anterior, en la que se celebraba la fiesta celta, no pasó del todo al olvido. Si el 1 de noviembre era, en inglés medieval, “All halow mas” (el día de todos los santos), la noche anterior pasó a ser conocida como “All hallows eve” (la víspera de todos los santos). Halloween se acercó más a lo que es en nuestros días.

Fueron los irlandeses, depositarios de una amalgama de tradiciones celtas y cristianas, los que recuperaron esta festividad cuando llegaron en masa a Norteamérica en busca de una vida alejada del hambre y las enfermedades. Poco antes los propios ingleses habían llevado al Nuevo Mundo algunas tradiciones relacionadas con Halloween, pero fue la gran emigración irlandesa, provocada por la crisis alimentaria de la patata de 1846, la que fijó definitivamente esta fiesta en la conciencia colectiva de los estadounidenses.

De esta forma, a comienzos del siglo XX la festividad estaba ya extendida a lo largo de todo el país, aunque poco a poco fue convirtiéndose en una fiesta en la que los niños acapararon todo el protagonismo. Deambular casa por casa pidiendo comida y caramelos era algo bastante más alegre que recordar a los muertos. El cine y la televisión han llevado la fiesta a Europa o, mejor dicho, la han devuelto a su cuna. Descafeinada, tal vez. Apenas reconocible, es cierto. Pero son la evolución y innovación las que nos han hecho humanos. A veces con truco, claro. Pero la mayoría de las veces con trato.

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