El arma secreta de Marduk

  MIÉRCOLES 14.08.2013

Enrique Jiménez Sánchez, doctor en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid, sucumbió a los encantos del cuneiforme cuando cursaba su licenciatura en Filología Clásica. En ese momento se interesó por la corriente de investigación que busca los orígenes orientales de la literatura griega. Y quedó entonces fascinado por la literatura mesopotámica. Tanto, que comenzó a orientar su especialización al estudio de los textos escritos en lengua acadia. “Se trata de un campo en el que el trabajo filológico todavía por hacer es inmenso”, indica este joven especialista.

Su interés en ese campo ha cristalizado en la tesis “La imagen de los vientos en la literatura babilónica”, bajo la dirección de la investigadora Barbara Boeck, del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo del CSIC, y defendida en julio de este año en la Universidad Complutense de Madrid.

Enrique Jiménez continuará su labor de investigación en el famoso Departamento de Near Eastern Languages & Civilizations de Universidad de Yale, esta vez bajo la dirección del asiriólogo Eckart Frahm. Allí participará durante tres años en un proyecto de edición digital de comentarios científicos escritos por los propios babilonios, en lo que constituye, según explica el doctor Jiménez Sánchez, “uno de los primeros esfuerzos exegéticos jamás emprendidos”. No es para menos, ya que se trata trata de “comentarios a textos científicos y literarios con los que los estudiosos mesopotámicos trataban de glosar y ‘actualizar’ los textos recibidos por la tradición”.

Jiménez Sánchez ha tenido la amabilidad de compartir con Wadi el contenido de su investigación.

¿Cuál es la conclusión general de la tesis?

La tesis doctoral ha tratado de estudiar la forma en que los vientos son descritos en la literatura de la antigua Mesopotamia. Para ello, se ha analizado una serie de textos escritos en lengua acadia – uno de los idiomas de la familia semítica con documentación más antigua – pertenecientes a diferentes géneros literarios, como épica, conjuros médicos y mágicos, himnos o textos historiográficos. Se ha descubierto que los diversos géneros presentan una imagen muy coherente de los vientos, y concluido que esta coherencia debe atribuirse al ascendiente de unos textos sobre otros, al empuje de la “corriente de la tradición” sobre las creaciones literarias de nuevo cuño. En este sentido, las descripciones de los vientos que pueden observarse en los textos literarios babilónicos son mucho más tradicionales e intertextuales que meteorológicas o naturalistas. Es posible, empero, hallar descripciones naturalistas de los vientos, principalmente, en cartas que describen una tormenta especialmente devastadora o un viento poderoso: cuando se compara la imagen que las corrientes de aire presentan en estas epístolas con la de la literatura se descubre que, en la última, las descripciones naturalistas están conspicuamente ausentes.

No se trata de que los vientos sean incompatibles con las informaciones meteorológicas contemporáneas – en realidad, lo son -, sino que, en la génesis de los mismos, pesaron mucho más sus intertextos que la realidad meteorológica.

¿Qué papel cumplían los vientos y otros fenómenos meteorológicos en la mitología mesopotámica?

En la mitología de la antigua Mesopotamia los vientos tenían un papel muy destacado, e incluso central, en textos de diversas épocas y géneros. Así, en los más célebres poemas épicos, como Gilgamesh, el Poema de la Creación o el Poema de Anzû, los vientos son las armas con las que los dioses se enfrentan – y derrotan – a sus rivales. En los textos mágicos, los vientos son el vehículo de transporte que usan los demonios para desplazarse, a la vez que las armas que los exorcistas reclaman de los dioses para combatir a estos demonios. Aún más, en la literatura sapiencial el “viento divino” es una suerte de teofanía con la que los dioses socorren a los necesitados.

En definitiva, los vientos, y otros fenómenos meteorológicos como la lluvia o la niebla, son descritos como instrumentos de los dioses en la mitología mesopotámica.

Sirviéndose de los vientos desencadenan los dioses de la tempestad el Diluvio en los relatos mesopotámicos, de la misma manera que, en la Biblia, Dios hace menguar las aguas del Diluvio usando para ello el viento.

Sabemos que los pueblos mesopotámicos eran grandes astrónomos pero ¿qué nivel de conocimiento tenían respecto a los fenómenos meteorológicos?

Los fenómenos meteorológicos, que los mesopotámicos contaban entre los astronómicos, eran cuidadosamente observados y registrados por los babilonios, guiados por la creencia de que cualquier cosa que sucediera en el cielo acabaría afectando al hombre – como muy gráficamente lo describe un famoso tratado astrológico del s. VII a.C., “el cielo y la tierra están interrelacionados: un signo ominoso en el cielo lo es también en la tierra; un signo ominoso en la tierra lo es también en el cielo”.

También los vientos tenían un papel relevante en la adivinación mesopotámica: en una carta dirigida a Asarhadon por un astrólogo de su corte, este último afirma que, para obtener una prognosis fiable de un eclipse, se ha de observar cuidadosamente el “viento que sopla” durante el mismo. Para ello, los mesopotámicos desarrollaron diversos instrumentos con que determinar el origen de cada viento en particular. Varios textos mencionan las veletas: se trata de las primeras apariciones en la historia de estos mecanismos, mucho antes de la que coronaba la célebre Torre de los Vientos de Atenas. También hay textos que proporcionan instrucciones detalladas para determinar la dirección del viento por la noche, por medio de las constelaciones.

En este sentido, ha de destacarse que los mesopotámicos nos han legado las “notas de campo” de lo que es sin duda el proyecto científico más duradero jamás emprendido por el hombre. Son los llamados “diarios astronómicos”, tablillas donde los babilónicos recogieron sistemáticamente observaciones sobre fenómenos meteorológicos, astronómicos y, también, político-económicos durante un período de al menos seis siglos (VII – I a.C.). Se desconoce cuál sería el objeto final de este enorme esfuerzo de generaciones: según algunos, tendría por objetivo el servir de “base de datos” para la redacción de un nuevo tratado de presagios astrológicos, que finalmente no llegó a compilarse. En cualquier caso, uno de los fenómenos más a menudo consignados en estos “diarios” es el de la dirección, intensidad y duración del viento predominante.

¿Abre esta tesis nuevas vías de investigación en torno al conocimiento de los antiguos mesopotámicos?

El haber estudiado un motivo concreto en textos tan diversos, y el haber hallado que lo que tienen en común es, con mucho, más que lo que tienen de diferente, invita a profundizar en el estudio del equilibrio entre tradición e innovación en la génesis de los diferentes textos literarios mesopotámicos. La babilónica es mucho más una “literatura hecha de literatura” de lo que podría pensarse, y un estudio sobre la relación que en en ella se da entre creatividad y tradición resultaría muy atractivo.

Por otra parte, algunas de las conexiones que se han podido hallar entre textos de diversas épocas y orígenes han servido para iluminar la historia antigua de poemas como el Poema de la Creación o Erra e Ishum, y para estudiar la evolución de textos como Gilgamesh. En el caso del Poema de la Creación, por ejemplo, se ha descubierto que la manera en que Marduk usa los vientos para derrotar al monstruo marino Tiamat ya aparece en modo muy similar en otros textos de la segunda mitad del segundo milenio, lo que supone un importante dato para la aún muy polémica cuestión de la datación de este poema. Estas y otras conclusiones han de evaluarse sirviéndose de varios otros factores para obtener nuevos datos sobre la génesis de los poemas.

Enrique Jiménez Sánchez, doctor en Ciencias de las Religiones y especialista en literatura mesopotámica.

¿Cuáles han sido los textos de referencia utilizados para estudiar el tema?

La tesis se ha centrado en la literatura en lengua acadia, una de las literaturas más extensas en el tiempo de toda la Historia, y una de las mayores de la Antigüedad – un reciente estudio concluye que el acadio es la segunda lengua de la Antigüedad con mayor volumen de documentación, sólo por detrás del griego, lo que quizá sorprenda a muchos. Aparte de esta, se ha usado también la literatura sumeria, tan estrechamente relacionada con la acadia como lo estuvieron la latina o la griega, o incluso más. Además, se ha hecho uso ocasional de textos de otras literaturas de la Antigüedad para analizar posibles préstamos o continuidades culturales.

Dentro de la magia, se han estudiado series exorcísticas, conjuros contra la brujería y, muy especialmente, una serie de encantamientos contra las plagas agrícolas.

Estos últimos, recientemente publicados por vez primera, han sido de importancia fundamental: los babilonios invocaban el soplo de los vientos para combatir los insectos devoradores de cosechas, y estas invocaciones mágicas las combinaban con prácticas aún hoy en uso, como el ahumado de la plaga. En la épica se ha estudiado la evolución de un motivo muy arraigado en la literatura mesopotámica – el del uso de los vientos como armas por parte de los dioses – en poemas como la epopeya de Gilgamesh, el Poema de la Creación o los mitos de Anzû o Erra e Ishum. Finalmente, se han estudiado también himnos, textos historiográficos y, más sumariamente, textos científicos y lexicográficos.

¿Qué representan las culturas del creciente fértil a la hora de conocer los orígenes de nuestra civilización?

Un famoso aforismo del poeta romántico Shelley proclama que “somos los griegos”. Esta sentencia, que ha calado hondo en la cultura occidental, esconde en realidad una falsa percepción de la Antigüedad: pues ya antes de que los griegos comenzaran a escribir existían numerosas culturas, que fueron responsables de inventos tan decisivos para la civilización – griega y occidental – como la escritura. El corpus de textos acadios y sumerios es inmenso: el de acadios sólo es más o menos equivalente a toda la documentación latina conocida en la Antigüedad.

Respecto a la literatura, hay varios motivos que pueden hallarse por primera vez en las obras de la antigua Mesopotamia: así, la paradoja del justo sufriente, la angustia por la conciencia de la propia mortalidad o la relatividad de los principios morales. En la tesis doctoral se ha estudiado uno de estos motivos literarios de larga tradición que llega incluso a nuestros días: se trata del viento como metáfora de la vanidad, de la nada. Esta imagen de larga fortuna, que a través del Eclesiastés llegó a la literatura occidental, y que aparece en la castellana por ejemplo en el “viento triste” con el que Lorca describe la inanidad de lo no pasional, aparece ya en una de las primeras versiones babilónicas de Gilgamesh, donde se afirma que “los días de los hombres están contados: cuanto quiera que hagan, no es más que viento”.

Es difícil establecer si estos motivos fueron creaciones originales de los antiguos poetas mesopotámicos que fueron luego tomadas prestadas por sus colegas griegos y hebreos, o si más bien surgieron independientemente en varios lugares: en cualquiera de los dos casos, la importancia de la literatura mesopotámica, como también la de la egipcia, reside en que estos temas centrales en la literatura occidental aparecen en primer lugar en los escritos de estas civilizaciones.

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