‘El libro del tiempo’, o de cómo el primo de Rajoy tenía razón

La meteorología está de moda. Siempre lo ha estado, es cierto. Pero en los últimos años son cada vez más las personas que se interesan por lo que pasa encima de nuestras cabezas con un interés científico, más allá del simple pragmatismo por conocer si lloverá o no durante la excursión del domingo.
La climatología, sin duda, ha sido menos popular que su disciplina hermana, pero ha conseguido introducirse en la agenda informativa diaria debido a la creciente preocupación en torno al cambio climático y sus previsibles consecuencias.
El físico Manuel Toharia ha publicado recientemente ‘El libro del tiempo’ (Critica), un trabajo destinado a dar a conocer estas dos disciplinas científicas y ha defender su escepticismo sobre las consecuencias del calentamiento global.
Toharia ha hecho un gran esfuerzo por explicar de forma amena la historia de la meteorología. A este propósito dedica la primera parte del libro. El conocido divulgador repasa en primer lugar el saber meteorológico en su etapa precientífica, desde el momento en el que ser humano dio sus primeros pasos en el ámbito del conocimiento y llegando a las creencias populares que han pervivido hasta nuestros días. A continuación aborda la historia de la meteorología como disciplina científica con mayúsculas, señalando los hitos que han hecho posible que en la actualidad podamos conocer en gran detalle los procesos que a diario tienen lugar en la atmósfera y que podamos de esa forma predecir su probable desarrollo con varios días de antelación.
La obra repasa además todas las formas imaginables de meteoros. El profano podrá conocer así una gran variedad de fenómenos como el polvo de diamante, el hielo granulado, o el graupel, una especie de granito de hielo que guarda un fino copo de nieve en su interior. O quizás a raíz de la lectura de este libro podrá presumir de saber diferenciar una ventisca de una cellisca y de una cencellada.
Inventario de dudas
El físico y actual director científico de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia (España) aborda en la segunda parte de la obra la ciencia climatológica y en especial el cambio climático. Y es aquí donde saca su particular artillería. Ya lo hizo lo hizo hace siete años en ‘El clima’ (Debate), donde mostraba sus dudas respecto al consenso científico sobre la existencia de un cambio climático provocado por la acción humana. Ahora reitera y de alguna forma amplía sus argumentos sobre el calentamiento global antropogénico.
Toharia argumenta por activa y por pasiva que es imposible hacer predicciones climáticas a largo plazo, recurriendo constantemente a la teoría del caos y exponiendo todas y cada una de las grietas que puede tener la ciencia que estudia el cambio climático. Grietas literales, como las que busca en las muestras de los testigos de hielo que utilizan los paleoclimatólogos para estudiar las burbujas de aire atrapadas bajo los hielos de Groenlandia.
Los datos de los que se parte, según Toharia, tienen una calidad dudosa, las ecuaciones matemáticas empleadas son insuficientes y el comportamiento caótico de la atmósfera está fuera de nuestra actual capacidad de predicción.
Toharia coge de aquí y de allá diferentes estudios que ponen en duda las conclusiones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC), en un intento de hacer que la casa se desmorone quitando algunos ladrillos.
El autor se afana en intentar poner en evidencia, por todos los medios posibles, que la climatología es una ciencia imperfecta y que las predicciones son imposibles. Reconoce que “hay mucha ciencia detrás” de los informes del IPCC, pero que los modelos de predicción se toman como “oráculos casi infalibles”.
Pocos se libran del reparto de leña del científico español. Científicos, ciudadanos y periodistas (que “se limitan a repetir como loros lo que los expertos dicen”) son criticados por crédulos y por tener poco espíritu crítico al respecto. Hasta famoso “primo de Rajoy”, aquél que el presidente del gobierno de España citó en 2007 para restar importancia al cambio climático (“He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?”), salen a la palestra en la argumentación de Toharia.
Los más sensibilizados con el planeta encontrarán poco digerible esta segunda parte del libro, especialmente cuando sale a relucir la manida argumentación de que más valdría preocuparse por el hambre en el mundo. Quienes creen que en bastantes ocasiones se trivializa el problema, atribuyendo al cambio climático fenómenos naturales que siempre han existido y existirán, encontrarán válidas algunas de las tesis defendidas con sentido común por Manuel Toharia. Y todos aquellos que quieran conocer las argumentaciones de los escépticos del cambio climático harán bien en hacerse con esta obra, cuyos méritos superan sin duda el rencor que a veces rezuman algunos párrafos redactados en un tono poco afortunado.
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