Rayos gamma, la amenaza latente

Es una de las catástrofes más espectaculares a las que puede llegar a enfrentarse el género humano. El gran problema es que no hay forma de predecirla. Puede ocurrir en cualquier momento. Minutos después de que leas estas líneas o, tal vez, dentro de un millón de años.
Todo comienza cuando una estrella supermasiva agoniza y colapsa para convertirse en un agujero negro. La estrella lanza en ese momento dos breves pero intensísimas oleadas de rayos gamma, una desde cada polo del astro moribundo. Si la explosión se produjese cerca de nuestro planeta, a menos de entre 3.000 o 6.000 años luz, los rayos gamma provocarían serias lesiones a la atmósfera que nos protege. El ozono se disolvería con facilidad y el oxígeno y el nitrógeno de nuestra atmósfera reaccionarían para convertirse en óxido de nitrógeno, un gas altamente tóxico y de efecto invernadero. La vida no aguantaría demasiado tiempo sin la valiosa protección del ozono.
Sabemos que algo muy parecido estuvo a punto de ocurrir hace unos 12 siglos. Pero nadie se dio cuenta. Hasta ahora. Y es que recientemente dos astrónomos alemanes creen haber detectado el rastro de una explosión de rayos gamma que afectó a nuestro planeta durante la Edad Media. Por fortuna, el punto de origen de la explosión debió encontrarse demasiado lejos como para provocar daños en nuestra biosfera.

Un mensaje escondido en los árboles

Todo comenzó en 2012, cuando investigadores japoneses dieron a conocer que habían encontrado altos niveles de isótopos de Carbono-14 y Berilio-10 en los anillos de unos cedros correspondientes a los años 774/775 de nuestra Era. La abundancia de esos isótopos solo podía deberse a una aumento repentino de la radiación cósmica.
Algo así debía corresponderse a un fenómeno extraordinario como la explosión de una supernova, un fenómeno sin duda espectacular pero que no ocasiona una oleada de rayos gamma. Sin embargo, tampoco nadie ha encontrado hasta el momento registro histórico que hiciera referencia a esa explosión. Y es que un fenómenos astronómico de esas características tiene que dejar un rastro visible en los cielos. Pero ningún registro de la época hizo mención a nada similar. La referencia más cercana en el tiempo se encuentra en una crónica anglosajona que cita un “crucifijo rojo” que fue observado en el cielo tras la puesta de sol.
Según los astrónomos Valeri Hambaryan y Ralph Neuhaeuser, de la universidad alemana de Jena, la mención a ese crucifijo no se corresponde con el evento que dejó huella en los cedros de Japón. “Esa crónica existe en varias copias a mano y dependiendo de la versión la fecha para el crucifijo rojo es 773, 774 o 776”, nos explica el profesor Neuhaeuser desde Alemania. “El texto de la Universidad de Yale ofrece solo una versión. Dado que se menciona en el mismo año que la batalla de Otford, fechada en 776, el evento tuvo que suceder en ese año”, aclara Neuhaeuser. El astrónomo alemán descarta además que una supernova pueda ver vista con la forma de una cruz.
Los investigadores apuestan en su estudio  por una explosión de rayos gamma originada por la colisión de dos estrellas de neutrones o, tal vez, de dos enanas blancas. Este tipo de colisión generaría una emisión gamma intensa pero corta, de menos de dos segundos. Dado que esa supuesta ola de radiación del siglo VIII no ocasionó daños en nuestro planeta, los investigadores creen que la colisión se tuvo lugar necesariamente a más de 3.000 años luz.

Visiones celestes

No está claro si la hipótesis de los astrónomos alemanes es la explicación verdadera, pero hasta el momento es, sin duda, la que más parece acercarse a la verdad. Tanto Neuhaeuser como Hambaryan siguen trabajando en estos momentos para descartar que el incremento de la radiación pudiera estar originado por una erupción solar, otra de las hipótesis que se barajó en un primer momento.
Sin embargo, queda sin aclarar el origen del “crucifijo rojo” reflejado en el texto anglosajón del siglo VIII. La crónica no menciona ningún detalle, excepto que el fenómeno se produjo tras la puesta de sol, por lo que encontrar su origen no es fácil. El físico José Miguel Viñas, divulgador científico y responsable de la web www.divulgameteo.es, nos aclara que la génesis de esa visión pudo estar en la combinación de dos fenómenos ópticos atmosféricos que debido a la presencia de determinado tipo de cristales de hielo podrían darse de forma simultánea. “Ambos son fenómenos relativamente comunes de forma independiente. Uno de ellos es el pilar solar y el otro el círculo parhélico”, nos explica Viñas por correo electrónico. El color rojo del crucifijo estaría motivado por el hecho de que se observara durante el crepúsculo.
El conocido divulgador recuerda la importancia histórica que tuvo un fenómeno de similares características: la famosa visión celeste del emperador Constantino durante la batalla del Puente Milvio. “Según cuentan las crónicas históricas, dicha visión fue un sueño que tuvo dicho emperador, gracias al cual se inició la conversión al Cristianismo en el Imperio Romano”, explica Viñas.

Imagen: Recreación artística de una explosión de rayos gamma. NASA/Swift/Aurore Simonnet

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