Houston, tenemos una incidencia

Primer vuelo de la sonda ‘Dragon’. Imagen: SpaceX
El 24 de agosto de 2011 un objeto cilíndrico no tripulado estalló sobre el cielo de Texas. Varios testigos presenciaron la aparición de una bola de fuego que dejaba tras sí una estela de humo. El origen del suceso, sin embargo, no se hizo público hasta una semana más tarde, cuando el periodista Andy Pasztor descubrió en el diario The Wall Street Journal que el origen de la explosión se encontraba en un vuelo de pruebas fallido de la compañía espacial privada Blue Origin.
A partir de ese momento la empresa se vio obligada a reconocer públicamente el accidente. Mientras que las pruebas aeronáuticas de las fuerzas aéreas de la mayoría de los países pueden ampararse en el secreto militar, las compañías privadas deben notificar sus vuelos a las autoridades de aviación, y así lo hizo Blue Origin. Pero nadie les obliga a publicitarlos. Así, como en los tiempos de la astronáutica soviética, Blue Origin quiso ocultar el fracaso de su operación. Y es que la compañía desarrolla su actividad de forma discreta. Sin prisa, pero sin pausa. En el logotipo de Blue Origin aparecen representadas dos tortugas que señalan hacia las estrellas y un lema en latín: “Gradatim Ferociter”. Paso a paso, pero de forma feroz.
El lema podría extenderse al resto de compañías que pugnan por hacerse un hueco en este sector. La tarta del emergente negocio espacial se reparte entre unas pocas compañías, y cada una de ellas parece querer competir por hacerse con el liderazgo en un campo concreto. Así, SpaceX se está centrando en el transporte de materiales y personas a la ISS. Tanto Virgin Galactic como Blue Origin pugnan por hacerse con la supremacía en el sector del turismo espacial y Planetary Resources es, hasta el momento, la única que ha presentado un plan completo para poner en marcha una auténtica minería en el espacio. Empresas “tradicionales” como Boeing, el gigante aeronáutico norteamericano, Orbital Sciences y Sierra Nevada Corporation también compiten con fuerza en esta nueva carrera por emitir facturas y cerrar balances contables más allá de la atmósfera.

Un hito histórico

En julio 2011 la NASA dio por finalizada la era de los transbordadores con la jubilación del Atlantis, su última nave tripulada en servicio. Desde entonces, Estados Unidos y el resto de potencias espaciales dependen de las naves rusas Soyuz para enviar tripulantes a la Estación Espacial Internacional (ISS). El billete no es barato: unos 63 millones de dólares por persona. Sin embargo, recurrir a Rusia es la única opción actual de la NASA hasta conseguir una nueva forma de subir a su gente allí arriba. La agencia espacial norteamericana está empleando en estos momentos una doble estrategia para evitar esta dependencia: construir de una nueva nave (el proyecto ‘Orión/MPCV’, en cuya financiación tomará parte la Agencia Espacial Europea) y colaborar con el sector privado para subcontratar algunas partes de las misiones
Mientras que el proyecto de construcción de un nuevo sistema para viajar al espacio ha sufrido ya varios retrasos, el sector privado se ha puesto las pilas y ha comenzado a hacer historia. El pasado 25 de mayo la nave Dragon de SpaceX se acopló a la ISS en una jornada que marcaba un hito en la exploración espacial. La segunda misión, en octubre de este año, asentó definitivamente la participación privada, al llevar carga de abastecimiento real a la ISS. Ha sido la primera misión espacial real en manos privadas. La propia Blue Origin ha anunciado recientemente, esta vez sí, el éxito de su último vuelo de prueba en el desierto de Texas.
No se trata, por lo tanto, de simples bocetos propios de la ciencia ficción. La nueva era del espacio está ya en marcha. Es tal la previsión de avances que la revista Wired ha inaugurado un portal dedicado exclusivamente a informar sobre los avances del sector espacial privado.
Los impulsores de estos proyectos no responden al perfil tradicional del especulador o el inversor al uso. La mayoría son visionarios que han hecho fortuna en otros negocios emergentes, sobre todo en el ámbito de Internet. SpaceX está dirigida por Elon Musk, fundador de PayPal. Detrás de Planetary Resources hay nombres conocidos como el director de cine James Cameron, el cofundador de Google Larry Page y el desarrollador de Microsoft Charles Simonyi. Blue Origin pertenece al creador de Amazon Jeff Bezos, y tras Virgin Galactic se encuentra el magnate de la industria musical Richard Branson.
Salto presupuestario
Desde 2008 la NASA tiene contratados 12 vuelos de carga a SpaceX y 8 a Orbital Sciences, y las previsiones van a más. De hecho, en 2013 la NASA duplicará los fondos destinados a su colaboración con el sector privado. Según se recoge en sus presupuestos, el programa ‘Commercial Crew’ pasará de los 406 millones de dólares previstos para 2012 a los 829 millones en 2013. SpaceX, Orbital Sciences, Blue Origin, Boeing y Sierra Nevada Corporation son las empresas seleccionadas por la NASA para colaborar con la agencia en los vuelos espaciales.
Curiosamente, en el artículo 25 de todos los contratos de colaboración con la industria privada se recoge la obligación que tienen las compañías de solicitar permiso para cualquier tipo de intercambio con ciudadanos rusos o empresas del viejo enemigo de la Guerra Fría, oficialmente con el fin de evitar la transferencia de tecnología sensible a Irán.
En 2011 Blue Origin y SpaceX obtuvieron de la NASA 22 y 75 millones de dólares respectivamente. Sin embargo, Sierra Nevada obtuvo 105 millones y Boeing consiguió casi 113 millones de dólares. Pese a que en el negocio espacial hay cada vez una mayor presencia de empresas de reciente creación, estos dos gigantes del tradicional complejo industrial-militar norteamericano mantienen una vez más su preeminencia en los contratos públicos.
El sector espacial, tal y como lo conocíamos hasta ahora, está por la tanto condenado a reinventarse. El protagonismo de las potencias espaciales ‘tradicionales’ (Estados Unidos, Rusia y Europa) será sin duda puesto en cuestión por el acercamiento ‘low cost’ de países emergentes (India, China, Brasil) y por la entrada en el negocio del sector privado. Tal vez sin prisa. Pero también sin pausa.

Los principales protagonistas

SpaceX: se trata, por el momento, de la única compañía que ha conseguido hacer una misión real, en colaboración con la NASA, para el abastecimiento de la Estación Espacial Internacional. El pasado octubre su sonda Dragon llevaba a la ISS más de media tonelada de carga útil. La NASA le ha subcontratado 12 misiones de transporte de carga.
Blue Origin: desarrolla para la NASA un lanzador reutilizable y un cohete con capacidad para siete tripulantes. En el sector del turismo espacial, quiere poner en marcha una cápsula para vuelos suborbitales.
Virgin Galactic: sus planes no solo se limitan a vender billetes para un futuro turismo espacial. La compañía quiere también revolucionar el transporte de pasajeros, acortando las distancias y los tiempos de transporte a grandes distancias mediante el uso de vuelos suborbitales.
Sierra Nevada Corporation: dedicada tradicionalmente a la fabricación de equipos de guerra electrónica, desarrolla el Dream Chaser, vehículo de despegue vertical y aterrizaje horizontal, similar a los transbordadores espaciales tradicionales.
Boeing: la compañía líder en aviación comercial y con un importante volumen de negocio militar desarrolla una cápsula de transporte destinada al abastecimiento de la Estación Espacial Internacional.
Orbital Sciences: tradicionalmente centrada en la construcción de satélites y misiles, tiene acordadas con la NASA ocho misiones de transporte de carga a la ISS con sus naves Cisne a partir de 2013.
Planetary Resources: pretende desarrollar naves y equipos destinados a extraer recursos de los asteroides, que guardan en su interior grandes concentraciones de minerales estratégicos cada vez más escasos en la superficie terrestre como el zinc, el oro, el platino o el manganeso.

Publicado en origen en Vía52.

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