‘Comer puede matar’: hay otra forma de producir alimentos

Cerdos al aire libre. Imagen: Juanma Gallego
Dos posturas aparentemente irreconciliables lidian en el campo de la alimentación y de la producción de alimentos. Los más escépticos niegan que la agricultura y ganaderia actuales supongan un riesgo para la salud. Acusan a sus detractores de tecnofobia y quimiofobia, a la vez que reivindican que este sistema, pese a sus defectos, ha ayudado a alimentar y a mejorar la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.
Un segundo grupo denuncia que la presencia de químicos de síntesis en nuestros alimentos y en el medio ambiente está poniendo en grave peligro nuestra seguridad y el futuro de las generaciones venideras. Aquí el abanico de posturas es muy amplio, desde las que rozan la conspiranoia más absoluta hasta las aportaciones más sensatas y documentadas.
Isabelle Saporta, desde luego, se encuentra en la parte sensata del segundo grupo. Pese a la aparente radicalidad del título, su libro “Comer puede matar” (Debate) aporta datos y pruebas que ponen en cuestión muchas de las tradicionales explicaciones de quienes intentan convencernos del consabido “todo va bien”.
Saporta nos dibuja en este trabajo un panorama poco prometedor. Basándose en documentos, entrevistas y en visitas a muchos centros de producción de alimentos, la periodista francesa describe un sistema en el que la productividad a ultranza ha degenerado en un sinsentido y en un riesgo para la salud.
Saporta describe al detalle cómo el hacinamiento de los cerdos y la estandarización de las razas utilizadas ha disparado el número de enfermedades en los criaderos, generando así una creciente necesidad de antibióticos. Alimentados a base de de preparados alimenticios elaborados con los restos de otras industrias y cargados de hormonas para regular los celos y los nacimientos, los cerdos se han convertido en el paradigma de la locura de la industria alimentaria.
Tampoco la producción de alimentos vegetales ofrece demasiadas alegrías al consumidor y al medio natural. La producción a escala industrial ha creado un conglomerado de intereses cruzados en el que las grandes cooperativas agrícolas y los productores de productos fitosanitarios buscan el beneficio rápido a costa de nuestra salud. Si a ello le unimos el mercadeo con las ayudas que destina la Unión Europea a la agricultura, el panorama es desolador. Se dibuja de esta forma un modo de producción en el que tanto agricultores como consumidores ponen riesgo su salud por la creciente presencia de tóxicos en toda la cadena alimentaria. En palabras de la propia autora, “todo lo que compone nuestra comida diaria se produce prescindiendo del sentido común”.
Saporta nos ofrece un relato coherente y documentado sobre este despropósito, ofreciendo a su vez alternativas reales a estos modos de producción. Sin embargo, como todos aquellos que se acercan a la realidad desde postulados ideológicos preestablecidos, Saporta no deja lugar al optimismo ni siquiera en los casos en los que el desarrollo tecnológico ha aportado soluciones o, al menos, respuestas a los problemas generados, como evidencia por ejemplo el modo en el que prejuzga las primeras plantas de metanización y de tratamiento de algas verdes.
Es de agradecer que la editorial Debate haya acompañado la edición en español de este libro de un epílogo del doctor Miquel Porta Serra, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en compuestos tóxicos persistentes (CTP). Las aportaciones de Porta son especialmente enriquecedoras a la hora de dotar de centralidad a un debate casi siempre radicalizado y excesivamente encasillado en ideologías. El investigador parte del reconocimiento de la inestimable ayuda que ha representado para la Humanidad la utilización de productos químicos de síntesis. Es precisamente la falta de este reconocimiento lo que desvirtúa muchos mensajes ambientalistas que esconden bajo el principio de precaución la quimiofobia más pura y dura.
Miquel Porta, sin embargo, parte del principio básico de que “muchos agentes químicos de síntesis producen efectos beneficiosos y efectos adversos“, por lo que es necesario su estudio y seguimiento. “Nuestra intuición y un cierto sentido del deber”, explica Porta, “nos dicen que no tenemos derecho a negar la factura que pagamos por utilizar tantos compuestos químicos artificiales. Y que no tenemos derecho a no trabajar para rebajar esa factura”. El libro de Isabelle Saporta es, sin duda, un ejemplo inestimable de este derecho a trabajar por un mundo mejor.
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