Los nuevos tesoros submarinos

El fondo oceánico esconde una gran cantidad de recursos sin explotar. El progresivo agotamiento de los recursos de la superficie terrestre y la rápida evolución de la tecnología han despertado el interés de empresas y gobiernos de todo el mundo respecto a estos recursos. Los nódulos de manganeso, los hidratos de metano y las fuentes hidrotermales serán algunos de los grandes protagonistas de los próximos años.
El mar mantiene su importancia estratégica. Imagen: Juanma Gallego
En febrero de 2011 una compañía minera canadiense obtuvo una concesión tan histórica como inaudita. En esa fecha el Gobierno de Papúa-Nueva Guinea otorgó a la empresa Nautilus Minerals un permiso para explotar durante 20 años un yacimiento de oro y cobre. Lo insólito es que el yacimiento se hallaba a 1600 metros de profundidad bajo el mar. Arrancaba de esta forma la primera explotación permanente de minería submarina.
Si exceptuamos la pesca, el mar es un territorio apenas explotado por el ser humano. Por eso está considerado por muchos como la última frontera de nuestro planeta. Hasta hace bien poco, la extracción de recursos mineros del fondo oceánico se ha limitado básicamente al ámbito del petróleo y del gas natural, ya que aventurarse en busca de otro tipo de recursos ha sido hasta hace bien poco algo demasiado caro y complicado. Y es que no es fácil trabajar bajo el mar. Conforme descendemos en profundidad las condiciones de presión y temperatura se complican. A tan solo 70 metros de profundidad la presión es ocho veces mayor que la habitual en superficie. Tampoco la temperatura ayuda, ya que el fondo marino está a unos dos grados centígrados como media. No son, por tanto, las mejores condiciones para el pico y la pala.
Estas dificultades, sin embargo, no han hecho echarse atrás a aquellos que han decidido desentrañar los secretos del reino de Neptuno. A finales del siglo XIX una vieja corbeta de guerra británica, la HMS Challenger, fue reconvertida en lo que acabó siendo el primer buque oceanográfico del mundo. Bajo el patrocinio de la Royal Society de Londres, un grupo de científicos emprendió un extraordinario viaje de más de cien mil kilómetros en el que hallaron, entre otras muchas cosas, unas extrañas esferas repartidas a lo largo del fondo marino.
Ahora sabemos que esas esferas, de no más de 25 centímetros de diámetro, son nódulos de manganeso, unos materiales compuestos por capas alternas de manganeso y de óxidos de hierro. Estos nódulos contienen un 24% por ciento de manganeso, un elemento que nunca se encuentra en estado nativo. Se trata de un mineral esencial en la industria siderúrgica. Debido a su capacidad para asociarse al oxígeno y al azufre, el manganeso es ideal para eliminar las impurezas del hierro. También se utiliza habitualmente en la elaboración de baterías secas y tiene además una aplicación importante en el tratamiento y purificación del agua. La Oficina de Minas de los Estados Unidos estima que en los fondos oceánicos existe veinte veces más manganeso que los recursos que se conocen en la superficie terrestre. Su génesis es extraordinariamente lenta, ya que se calcula que crecen entre 2 y 28 milímetros cada millón de años.

El inestable metano

No solo el manganeso ha despertado el interés de las empresas. También los hidratos de metano, distribuidos bajo los fondos marinos de casi todo el planeta, suponen una gran posibilidad de futuro, aunque en este caso la tecnología para extraerlos de forma segura es aún inexistente. Se trata de metano que se mantiene en una fase parecida al hielo, debido a las altas presiones y las bajas temperaturas que existen en los lechos marinos. El metano es el hidrocarburo más simple (CH4), y es el principal componente del gas natural. Este metano congelado está muy concentrado: un metro cúbico de este hielo contiene 164 metros cúbicos de gas metano. Pese a que se desconoce la cantidad total de hidratos de metano existentes en nuestro planeta, se estima que hay depósitos suficientes para mil años de consumo.
Se trata de unos depósitos relativamente estables, siempre que se mantengan las actuales condiciones de altas presiones y frías temperaturas. Por nuestro propio bien, es esencial que esas condiciones se mantengan. De lo contrario, el calentamiento de las aguas de los océanos podría provocar la liberación natural y repentina de este metano a lo largo y ancho del planeta, lo que nos acercaría a un escenario catastrófico para el equilibrio climático. El metano es 24 veces más potente que el dióxido de carbono como gas de efecto invernadero. La liberación masiva de metano de los fondos marinos es precisamente una de las hipótesis que se barajan para explicar la gran extinción del Pérmico, que supuso la aniquilación de casi el 90 por ciento de las especies del planeta hace unos 250 millones de años.
Las terceras protagonistas de este menú de recursos a punto de ponerse en circulación son las chimeneas hidrotermales, una especie de agujeros que conectan el fondo marino con el subsuelo. Fueron descubiertas en 1977 de la manera más inesperada. El geólogo Robert Ballard y el biólogo J.F. Grassle se encontraban explorando a bordo del sumergible Alvin la dorsal oriental del Pacífico, cerca de las Galápagos, cuando observaron perplejos una especie de enormes chimeneas de las que salían columnas de agua caliente a presión. Se habían encontrado con lo que ahora conocemos como chimenea hidrotermal o fumarola negra.

Un debate necesario

Estas estructuras son un tipo de respiradero hidrotermal que se generan en las dorsales oceánicas, cerca de los volcanes submarinos. Las aguas expulsadas por estas fumarolas tienen un alto contenido en sulfuros, plomo, cobalto, zinc, cobre y plata. El agua sale a una temperatura que alcanza los 350ºC y, al entrar en contacto con el agua fría del mar, los minerales disueltos en ella quedan depositados a la salida, formando la característica forma cilíndrica de estas chimeneas.
Estas estructuras se convierten en una fuente de energía alrededor de la cual se forman verdaderos ecosistemas que dependen tanto del calor como de los minerales que emanan del subsuelo, pero su función de “filtrado y depósito” de ciertos minerales las convierte en un filón de dinero para la industria minera.
El acceso a estos recursos y el impacto ambiental que pueda provocar la puesta en marcha de estas explotaciones será probablemente uno de los debates ambientales más importantes de los próximos años. Porque los cazatesoros del siglo XXI no buscarán galeones, sino yacimientos minerales nunca antes explotados.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s