
40 años después de las supuestas apariciones de la Virgen, decenas de fieles siguen reuniéndose cada domingo en el vizcaíno Alto de Unbe en busca de un milagro.
“Dios te salve, María”, rezan los fieles dentro de la casa de las apariciones. En una estancia más pequeña, situada en la parte trasera del edificio, la gente enciende velas y pide favores a la Virgen. Se trata de un caserío de dos plantas reconvertido en iglesia. En su porche se muestra una larga lista de curaciones atribuidas a la intervención divina.
Como cada domingo, el ir y venir de creyentes es constante en el Alto de Unbe. La mayoría se dirige, en primer lugar, a la fuente del agua milagrosa. Se encuentra situada frente a la casa reconvertida en iglesia. Según puede leerse en un letrero, el agua no es potable y únicamente puede usarse para lavar el cuerpo. Algunos visitantes, sin embargo, no lo tienen demasiado claro. “¿Es sólo para los enfermos?”, le pregunta una mujer entrada en años a su acompañante. “Parece que no, mira lo que hace la gente”. Queda claro: la gente moja sus pies y sus brazos con el agua de Unbe.
No paran de llegar fieles de todo tipo y condición. Quizás lo más sorprendente es encontrar un buen puñado de gente joven. Algunos visitantes traen ramos de flores. Una familia, recién llegada del bautizo de su nuevo vástago, se acerca con el niño para bendecirlo de nuevo con el “agua milagrosa” de Unbe. Hacen su particular bautizo por segunda vez, pero esta vez por su cuenta y riesgo, fuera de la ortodoxia de la Iglesia.
Y es que la Iglesia Católica no quiere saber nada de este asunto. Las apariciones de la Virgen de Unbe no consiguieron el respaldo logrado por otras manifestaciones marianas como las de Fátima o Lourdes. Aunque la jerarquía eclesiástica se muestra generalmente cauta ante todas las apariciones, las visiones de Portugal y Francia sí consiguieron, al menos, un respaldo oficioso por parte de la Iglesia. Es de sobra conocido, por ejemplo, el fervor que mostraba el difunto Juan Pablo II por la Virgen de Fátima. Pero Unbe no tiene ningún tipo de apoyo, quedando su devoción únicamente en manos del fervor popular de los fieles que se acercan a sus aguas y de una “Asociación de Colaboradores con la Familia de la Vidente de Unbe, Felisa Sistiaga”.
Un mensaje apocalíptico
Aunque las primeras apariciones se remontan a 1941, con la visión de la imagen de la Virgen María aparecida tras una luz que descendió del cielo, el grueso de la actividad visionaria tuvo lugar entre 1968 y 1971. La Virgen se apareció en varias ocasiones a Felisa Sistiaga, una sencilla ama de casa que vivía junto a su familia en el Alto de Unbe. Felisa, que pensaba y hablaba en euskera, se dirigió a la madre de Dios en su lengua materna, pero la Virgen mostró poca sensibilidad hacia esa lengua. Quién sabe si para evitar las complicadas estructuras del verbo vasco o verse en un aprieto con las conjugaciones, la Virgen se expresó siempre en un perfecto y claro castellano.
Como en otras supuestas apariciones similares, tampoco en esta ocasión la Virgen se mostró demasiado optimista. Ordenó que se le dedicara un templo y auguró desastres para la Humanidad descarriada.
Felisa Sistiaga, transmitiendo lo revelado por la Virgen el 23 de mayo de 1971, pronosticó que en treinta años se produciría “una niebla intensa” y “un aviso del castigo”. Con ello asistiríamos al final de los tiempos y la segunda llegada de Jesucristo. Hoy, más de ocho años después del cambio de milenio, ninguna de las profecías se ha cumplido, pero eso parece no importar a los muchos devotos que se acercan cada domingo en busca del agua milagrosa para su cuerpo y del consuelo de la fe para su alma.
Felisa Sistiaga, que además de recibir la visita de la madre de Dios aseguró haber visto ángeles y hasta al mismísimo San Pedro con llave en mano, falleció en 1990 sin poder comprobar que el fin de los tiempos anunciado en sus visiones había quedado definitivamente en agua de borrajas.















